Era ella
A veces el universo conspira
Era sábado a la noche. Íbamos caminando hacia un bar en Devoto con unos amigos, de esos planes que empiezan tarde y terminan más tarde todavía.
Casi sin buscarlo, vi un bulto al costado de la vereda. Como si alguien lo hubiera dejado ahí a propósito. Era una billetera — grande, gorda, llena de cosas. Plata, documentos, registro, todo adentro.
Nos frenamos. La levanté. Miramos alrededor. Nada. Buscamos a la dueña en redes por nombre y apellido, le mandamos un par de mensajes, y esperamos. Pero los minutos pasaban y no podíamos quedarnos parados en la vereda toda la noche. Decidimos seguir caminando hacia el bar, con la billetera en el bolsillo y la esperanza de que en algún momento ella viera los mensajes.
Una cuadra más adelante, vimos a una chica en la puerta de un bar preguntándole algo a quien pasara. Desesperada. La acompañaban un par de amigos.
Me acerqué y le pregunté su nombre. Era ella.
La alegría en su cara es de esas cosas que no se olvidan. Y su agradecimiento tampoco.
Esa noche no hacía falta ninguna plataforma. Estábamos en el lugar correcto, en el momento correcto, y tuvimos suerte. Pero empecé a pensar en todas las veces que eso no pasa. En todas las billeteras que no se devuelven, no porque nadie quiera devolverlas, sino porque no hay forma de conectar a las dos partes que necesitan encontrarse.
Altrui existe para eso.
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